Parque de Monza

Los Gigantes verdes

Los Gigantes verdes

Salida: el paseo para descubrir los Gigantes verdes del Parque comienza al lado del Invernadero de la Villa Real, en donde en 1800 se cultivaron varias especies de cítricos. Son de especial importancia y valor histórico los restos de las tres hayas monumentales de la época napoleónica. Sufrieron ataques de hongos; en los últimos años, su estructura ha quedado bastante afectada.
En el prado, que hace de telón de fondo de la espléndida fachada posterior de la Villa, tenemos una colección de plantas “solitarias” locales: el grupo de las viejas hayas. Siguiendo a lo largo de la visual que se prospecta desde la Villa Real, nos cruzamos con la “Acequia Príncipe”. Aquí al lado se pueden ver los dos robles, que se enumeran entre los árboles monumentales de Italia. Los dos gigantes llevan dos siglos clavando su mirada sobre la fachada de la Villa Real. Después de unos pasos en el prado de césped nos encontramos un espléndido ejemplar de ginkgo, un árbol típico japonés. Damos un salto más allá del océano y dándonos la vuelta nos cruzamos la vista con la secuoya americana, con su tronco rojizo. El árbol de los tulipanes hace de guardián al lado de la Villa Real, ¡creando a finales de otoño un espectáculo cromático digno de Monet! Para cerrar este rincón de los Jardines Reales dedicado a las plantas exóticas, tenemos el cedro del Líbano. Siguiendo el paseo, que comienza desde la esquina sureste de la Villa, se baja a la zona de sombra y se bordea un tramo de la tapia, pasando cerca del gigantesco cedro del Líbano, campeón indiscutible de los árboles de los jardines de la Villa Real. No tiene un tronco, sino cuatro que se encaraman hacia el cielo; esta característica hace de este árbol un auténtico monumento botánico.

El recorrido por los Jardines termina aquí en una hora de trayecto. Quienes tengan las piernas entrenadas pueden seguir el itinerario a lo largo de los senderos del Parque decimonónico de Monza. A la izquierda, la tapia que separa los Jardines Reales del resto del Parque.

Siguiendo todo recto por la izquierda, nos cruzamos con la Cascina del Sole y el Viale Cavriga. Cuando aún estamos contemplando la Cascina Cavriga, que es un espléndido ejemplo de arquitectura neoclásica, nos encontramos con la belleza de la fachada neogótica de la Cascina S. Fedele. Desde aquí nuestro recorrido sigue por el corazón del Parque decimonónico. Nos encontraremos entonces en el gran prado del antiguo hipódromo: la zona se ha rehabilitado y se ha recuperado el “Viale de los Carpes” modelados con forma redonda, que hubo un tiempo en el que unían las dos Villas Mirabello y Mirabellino, entonces residencia los siglos XVII y XVIII de la familia Durini. Aún puede disfrutarse de la belleza de dos carpes enfrente del jardín del Mirabellino.

Siguiendo hacia la montañita de Vedano, justo después de haber dejado la Villa Mirabellino a la izquierda, podemos bajar al claro de la reina de los árboles del Parque: el roble secular, protegido y escondido para la mayor parte de los visitantes por un bosque de saúcos y tejos. Su tronco retorcido da fe de su lucha en busca de la luz. Mirando hacia arriba, contemplando sus frondas más altas, nos relajamos y nos sentimos abrazados por este abuelo verde.

Llegada: después de unos cientos de metros, el sendero se hace más pequeño y nos conduce hacia un pequeño sendero en el bosque. En cuanto las frondas se enralecen, nos encontramos en Viale Vedano: aquí se recorta, entre los demás, un nogal secular que en otoño se viste con un manto color oro.

Girando a la derecha por Viale Mirabello se descubre la última sorpresa de este largo recorrido: situado detrás de Villa Mirabello, en la terraza que baja lentamente hacia el Valle del Lambro, motivo paisajístico hábilmente aprovechado para la ubicación de la Villa, puede admirarse un castaño de indias de doscientos años con una forma singular, que invita a descansar a sus pies.

Longitud del trayecto: alrededor de 9 km.


Recorrido: adecuado para hacerlo a pie.